La Segunda Transición Española

Decía el Economist que en las elecciones generales pasadas el mejor parado sería el que las perdiera. También creo que la misma publicación comento hace unos 6 meses que el partido que ganaría las próximas elecciones generales sería aquel que cambiara de candidato.

El PSOE ya lo ha hecho.

Todo esto y mucho  más refleja el desgaste de nuestra clase política. Un partido socialista legislando por un lado en un estado del bienestar (hasta finales de 2008) con polémicas como si llamábamos o no matrimonio a la unión homosexual (de la que estoy a favor pero me parece más interesante legislar para todos que para unos).  La ley de dependencia fue significativamente mejor, pero desde mi punto de vista una excepción. Por otro lado legislando contra el estado del bienestar (a partir de entonces) por necesidad.

Un Partido de derechas que ofrece oposición pero no alternativa tampoco es muy alentador. La subida en las encuestas es más por desgaste (altísimo por cierto) socialista que por mérito propio.

Reabrir la herida con la ley de memoria histórica es un sinsentido que solamente ayuda a recuperar la memoria de la parte de la historia más vergonzosa de España.

Después de la Transición pasamos por una reordenación de la democracia. Suarez fue un hallazgo y el Partido Socialista se movió antes que la derecha a cubrir una zona necesaria para para la evolución de España. El baile de candidatos de la derecha evidenció una transición difícil hacia la democracia real desvinculada del franquismo. Aznar supo encontrar ese otro hueco de necesidad verosímil en el momento adecuado con el desgaste del PSOE.

Mientras tanto fueron madurando los nacionalismos. Primero como una representación necesaria para reflejar y evitar las antiguas tensiones de la guerra civil.

Esta situación que convergió en un momento hacia dos partidos centrados en las necesidades de España y unos nacionalismos que reflejaban la pluralidad de las sensibilidades duró, eso, un momento, si es que coincidieron en algún momento en el tiempo.

A partir de entonces las posiciones han tomado direcciones divergentes nadie sabe defendiendo qué ideales. Merkel y Obama dictándole al oído a un Zapatero dimitido sin sucesor. Rajoy encumbrado por el fracaso de su oponente y unos nacionalismos que el día después de negociar su financiación el FMI les dice que deben reducir su déficit en un Estado que nos les puede aportar nada.

La primera prueba de la democracia, el 23 F, la superó el Rey, desde luego no los partidos políticos, que no tuvieron ningún papel. De hecho también lo superó el ejercito, el que se quedó en los cuarteles.

La segunda prueba de la democracia está siendo esta crisis. Serán solamente las Cajas de Ahorros las que sufran un cambio radical… ¿y las competencias de las comunidades autónomas? ¿y los sindicatos y la negociación colectiva?¿y los partidos políticos?¿y los servicios del estado del bienestar?¿Y nuestra independencia nacional respecto del eje Franco-alemán?

Me temo que para salir de esta necesitamos otro hallazgo político.

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2 comentarios

  1. Sin embargo, entre los políticos con talla y los políticos profesionales que entrán a los 17 años a pegar carteles a un partido y no vuelven a salir nunca más a la calle hay tal diferencia que es literalmente imposible que de esa endogamia salga nada que merezca la pena.
    Un día pasará lo que en los paises magrebies (La democracia aquí es formal, el poder no es demócrata para nada. Véase la situación del Europarlamento ultimamente) y todos estos comenzarán a preguntarse por qué

  2. En realidad, la razón por la que no pasa, como dice Kikás, lo que ha pasado en muchos países árabes, es la falta de esperanza (no me refiero a la señora Presidente de la Comunidad de Madrid, que esa si parece ser la última que se pierde) sino a esa ilusión que nos hace pensar que haciendo algo, nuestra vida irá mejor.

    Para que esto ocurra hacen falta una de estas dos cosas: 1. volver a creer en la utopía por afición o deporte o 2. que nos vaya tan mal que creamos en la utopía por necesidad, desde el convencimiento de que haciendo algo, por no podernos ir peor, nos irá mejor.

    No sé si me explico: todavía nos falta pasar hambre.

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